• Jesús López

Cotorra argentina

Actualizado: 29 de dic de 2020


A pesar de que ya no hacía falta, aproveché que pasaba jardines de Viveros para fotografiar a esta ave que se ha convertido en otro cliente habitual no solo de Valencia sino de muchos municipios de la geografía española.

Cuando se empezaron a ver por aquí, las recordaba con una sonrisa de mis viajes a Bolivia, donde se encuentran por miles alimentándose de los maizales del Chaco. Ahora, no hace falta desplazarse mucho para verlas volar entre calles con alguna ramita en el pico, dirigiéndose a las arboledas donde construyen sus enormes y comunitarios nidos.

Parece ser que la rápida adaptación de esta ave de nombre científico impronunciable (Myiopsitta monachus) se debe a que hasta 2015 llegaron a nuestro país más de 190.000 ejemplares salvajes procedentes de Uruguay y Argentina, para ser vendidas como mascotas. Lo que tenía que pasar, pasó y muchas de esas aves escaparon o fueron liberadas por sus dueños cansados de ellas y, acostumbradas a sobrevivir en libertad, se adaptaron a la perfección a la amplia disponibilidad de alimentos, agua, lugares de nidificación y ausencia de depredadores de los entornos urbanos.

La cotorra argentina tiene unos 30 cm de largo y pesa unos 140gr. Se caracteriza por su color verde claro, más grisáceo hacia el pecho. Pico color cuerno y patas grisáceas. La especie se distribuye de forma natural en Sudamérica y, junto a la cotorra de Kramer, se encuentra incluida en el Catálogo Español de Especies Invasoras desde el 2011, con todo lo que ello conlleva. Siendo, desde entonces, su comercio y tenencia ilegal.

Se trata de una especie muy inteligente y con gran capacidad de adaptación a nuevos hábitats, además es una especie gregaria, construyendo nidos comunales en los que viven varias parejas y que llegan a alcanzar hasta los 200Kg de peso. Estos nidos, son uno de los mayores peligros de estas aves, ya que pueden desplomarse y provocar daños a transeúntes o vehículos.

Por otra parte, se trata de un ave bastante agresiva, que ha desplazado de las ciudades a otras aves como los gorriones, aunque no lo es tanto como su pariente la cotorra de Kramer que, en algunas ciudades como Sevilla, está provocando graves descensos en las poblaciones de murciélagos, al desplazarlos de su lugar de nidificación.

El control de esta especie no es una tarea sencilla. Además, no existe un programa o una estrategia conjunta a nivel nacional, si no que cada ciudad actúa de manera independiente. Se ha podido comprobar que la retirada de nidos no tiene como efecto un descenso acusado de las poblaciones de cotorras, si no que provoca una dispersión de las mismas. Por otra parte, el uso de métodos de ahuyentamiento como ruidos o rapaces, parece que tampoco produce resultados definitivos.

Las continuas protestas de numerosas asociaciones vecinales por la presencia de cotorras, están obligando a muchas corporaciones locales a realizar intervenciones sobre ellas. De hecho, Madrid, con la mayor población de cotorras de España, ha planteado un plan de control de más de 12000 ejemplares con un presupuesto de más de 2 millones de euros.

Zaragoza es por ahora la única ciudad española que ha conseguido solucionar la plaga urbana de cotorras argentinas y de Kramer, tras probar con intervenciones sobre los nidos, sobre las puestas y la captura de adultos, en 2014 comenzó un control selectivo de adultos mediante el empleo de un arma de perdigones. Con todo lo que este método supone a nivel ético, resulta esclarecedor que sea el único que hasta el momento haya funcionado.

Quizás, como casi siempre, hablar de erradicación suene demasiado utópico, pero lo que está claro es que se hace necesario abordar el control de la cotorra argentina mediante estrategias conjuntas y consensuadas con la comunidad científica.

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