• Jesús López

¡Fantasmas!


Que va…tan solo exuvias.

Solo hay que fijarse un poco y rápidamente las verás. Están por todas partes, en las paredes de una charca, en el tallo de una herbácea o en cualquier superficie rugosa donde pueda sujetarse bien y empezar el proceso de la muda. A veces se juntan con otros “esqueletos” como el caso de la hoja de la fotografía, dando una imagen de falsa semejanza.

Los artrópodos poseen un exoesqueleto rígido formado por una cutícula que cubre toda su superficie corporal, sus apéndices y otros órganos como los tubos traqueales o parte del tubo digestivo. La cutícula está constituida mayoritariamente por una proteína llamada quitina. La quitina proporciona la rigidez necesaria a la cutícula que, de esta manera, sirve de soporte para que se puedan sujetar diversas estructuras como los músculos. Pero, sin duda, una de las funciones más importantes de la cutícula es minimizar la pérdida de agua, lo que hace que muchos artrópodos puedan vivir en ambientes extremadamente áridos.

Pero, no todo iban a ser ventajas. La extraordinaria rigidez de la cutícula obliga a los artrópodos a tener que romperla cada vez que necesitan crecer, en el proceso conocido como muda o ecdisis, en el que el exoesqueleto antiguo se separa completamente de la epidermis y es sustituido por uno nuevo. Este momento es crucial para la supervivencia del artrópodo y como tantos otros, está totalmente controlado por hormonas específicas, lo que ha permitido la síntesis de sustancias químicamente similares a estas hormonas que nos permiten interferir en el proceso de la muda de diversas maneras.

Un grupo muy importante de estas sustancias son los inhibidores de la síntesis de la quitina. Como bien indica su nombre, a grandes rasgos, cuando exponemos a un insecto a estos compuestos evitamos que sintetice quitina y por lo tanto, impedimos que, durante la muda, forme el exoesqueleto correctamente, con lo que no será capaz de mudar o lo hará de manera defectuosa, obteniéndose un individuo inviable.

Algunas de las ventajas de estos compuestos conocidos como RCIs -Reguladores del Crecimiento de insectos o, por sus siglas en inglés, IGRs -Insect Growth Regulators-, son su especificidad frente a artrópodos, lo que los hace muy seguros, su eficacia en muy bajas dosis y, su acción lenta, lo que los hace muy indicados para el control de insectos sociales como termitas y hormigas, ya que la acción lenta de un insecticida favorece que este sea transmitido a muchos individuos de la colonia al alimentarse mediante el trofalaxia (paso de alimento de un individuo a otro de la colonia bien de boca a boca o bien de ano a boca).

El uso de IGRs, como el diflubenzurón o el hexaflumurón, está ampliamente extendido para el control de termitas mediante el empleo de cebos con celulosa siendo, hoy en día, la mejor herramienta de control de estos insectos en ocasiones tan dañinos con nuestras estructuras.

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