• Jesús López

¿Los tiempos están cambiando?


Cada año comienza igual pero distinto. El curso para la obtención del certificado de profesionalidad de Gestión de servicios para el control de organismos nocivos se lleva gran parte de mi dedicación diaria. Este año, el grupo de alumnos es muy buen grupo. Ya no hablo de su preparación o de sus conocimientos. Me refiero sobre todo a su diversidad. La gran mayoría son gente del sector. Algunos llevan más de treinta años en la misma empresa, otros apenas uno y ya han conocido varias. Los hay que han prosperado como autónomos y los que trabajan por cuenta ajena. Unos en empresas grandes o multinacionales, otros en empresas familiares. También están los que vienen de otros sectores y han visto en los servicios biocidas una oportunidad de aumentar el negocio. Algunos son del sector forestal o de la jardinería. Hay futuros emprendedores a los que les brillan los ojos cuando te comentan que ya tienen un nombre comercial y cincuentones que atesoran cientos de experiencias que parecen sacadas de otros tiempos.

En clase suelo soltar situaciones al vuelo, reales o no del todo, preguntas a veces relacionadas con el tema del día y a veces no. Globos sonda que, ante un grupo como este se convierten en auténticas mechas incendiarias. Casi siempre les dejo hacer. Las intervenciones se solapan y, en ocasiones las posturas se alejan, para acabar acercándose tras haber dado un rodeo en el que los que no han intervenido están escuchando y empapándose de cada palabra. En muchas cuestiones hay divergencias: “Ese gel es mejor, sin duda. Pues a mí me funciona mejor este otro”, “¿la deltametrina? Siempre me ha ido mejor la cipermetrina”, “ya te digo yo que la firma del cliente en el certificado siempre a mano, la digital no te la admite Sanidad…”, pero en otras, me cuesta encontrar este punto de debate. Lo que, por otra parte, no tiene por qué ser un problema.

Una de esos temas que parece que no ofrece discusión es el de la adopción del control integrado de plagas, al que hacen referencia las Normas UNE 171210:2008 Y UNE-EN 16636:2015, como metodología de trabajo. En estos documentos, entre otras muchas cuestiones, se prioriza la adopción de una serie de medidas (higiénicas, estructurales, saneamiento del medio, de modificación del comportamiento de los usuarios de la instalación, etc.) frente a las medidas de control directo sobre la especie plaga y, si estas son inevitables, siempre se dejará el control químico como último recurso.

En la actualidad, un servicio de control de plagas, va mucho más allá que un tratamiento químico, es un proceso que implica un diagnóstico de la situación, un programa de actuación y una evaluación del cumplimiento del mismo, de su eficacia y de sus consecuencias para la salud de los usuarios de la instalación y del medio ambiente y, todo ello implica una constante revisión, con su correspondientes cambios y rectificaciones en su planteamiento y en su programa de actuación, siempre que sea necesario.

Me alegro cada vez que mis alumnos me aseguran que, en muchas ocasiones, no han necesitado químicos para el control de un organismo nocivo en un escenario concreto o cuando, los futuros emprendedores no preguntan qué biocidas adquirir, si no en qué trampa para roedores o qué dispositivo de calor es el mejor para el control de chinches.

No dejo de esbozar una sonrisa interior cuando me veo a mí mismo hace tres años comprando trampas para mosquitos, vaporetas, aspiradoras y demás equipos de control físico, pensando que el uso de biocidas más o menos tóxicos estaba poco menos que en peligro de extinción.

Por su puesto, que hoy a mis cincuenta y pocos tacos, ya ves tú, igual sigo de inocente. Intento no emplear productos tóxicos y, si lo hago intento que sean los más seguros, pero, quizás demasiado frecuentemente, recibo mi particular baño de realidad.

Por un lado, me alegra comprobar que el sector ha asimilado las “nuevas reglas del juego”. Nunca lo dudé. Somos un sector muy formado, dinámico y que acepta los cambios. Sin duda, la aparición de los cebos insecticidas -sobre todo en forma de gel- fue uno de los pasos más firmes en este sentido, pero, creo que aún queda mucho por hacer, sobre todo en la otra parte, la parte del cliente. Estoy completamente seguro que la industria alimentaria o las grandes empresas, han implantado -o han tenido que implantar- planes de control de plagas que no contemplen el uso de biocidas tóxicos, pero también estoy seguro que falta mucho por hacer en lo que respecta al cliente particular.

Más de una vez he tenido que escuchar el “yo no quiero eso de calor, yo quiero que me tires insecticida” o “me tienes que hacer dos tratamientos anuales sí o sí” e incluso yo me he sorprendido a mí mismo, buscando algo más potente al ver como las Periplaneta americana recibían sin inmutarse la ducha con una formulación sin plazo de seguridad, al que yo consideraba -hasta ahora- mi primera opción.

Si por mí fuera, me hubiera gustado que en la foto de mis equipos que acompaña este texto no hubieran aparecido algunos, que todo fuera mucho más verde si cabe, pero, hoy por hoy veo muy lejos el prescindir del control químico para algunas especies plaga y en las condiciones climatológicas en las que nos encontramos. De cualquier forma, los primeros pasos, los más difíciles, se han dado, ahora sólo hay que seguir caminando.

No, los tiempos no están cambiando, lo han hecho ya desde hace bastante y en la dirección adecuada, aunque no debemos dejar de caminar.

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